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El maratonista que corrió para sentirse vivo

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La endorfinas de sus carreras kilométricas ayudaron a Enzo Martinez Avila a superar una separación, un intento de suicidio y un cáncer. Esta es la historia de un hombre que le encontró sentido a su vida al realizar la práctica de un deporte extremo. 

La vida es un regalo que hay que aprovechar”, dice Enzo Martinez Avila a los 53 años, en un bar de Buenos Aires. Y sin embargo, cuando uno le pregunta cómo se sentía al llegar a la meta, Enzo minimiza el cansancio y, varias veces, repite la palabra “placer”. “Hasta que no te pegan una cachetada, no te das cuenta de que esto se acaba”, dice.

En 2016, se inscribió en una carrera de 100 kilómetros en Mendoza. Unos días antes de viajar, la mujer con la que había estado casado durante 21 años le planteó la necesidad de separarse. Se separaron. La semana siguiente, en una noche helada en el sur de la ciudad mendocina, corrió durante más de 19 horas. Al volver a la casa en la que había convivido con sus hijos y su exesposa se encontró solo, solo como nunca había estado. Les mandó un mensaje de despedida a sus primos, tomó pastillas. Los recuerdos de lo que sigue son difusos: escuchó ruidos en la puerta, vio a su primo gritando y al abrir los ojos se encontró acostado en la cama de una clínica.

En los 50 días que pasó en esa clínica, internado para superar la depresión, trató de no perder el estado físico, y no lo perdió. El deporte le devolvía el ánimo: la cachetada le llegó al salir. Porque viajó a Perú y en Machu Picchu corrió 100 kilómetros. Unos días más tarde, junio de 2018, ya en Buenos Aires, se hizo un estudio médico de rutina. El resultado, la cachetada, fue un tumor de grado dos. Había que operar y extraer la próstata cuanto antes.

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