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La bici, el apuro, la app y el asedio a la comida casera

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«Último día para usar tus $300 de regalo», me saluda el teléfono a las 19:55, un horario casi científicamente cronometrado, el momento exacto en el que empezamos a pensar en la cena. No aprovechar ese dinero para pedir comida un domingo a la noche sería una picardía, pienso. «Tu pedido está siendo preparado», me responde más tarde el teléfono y la vida sigue su curso.

Quizá el primer efecto que notamos en la ciudad con el desembarco de las apps de reparto de comida – Rappi, Glovo y algún tiempo antes Pedidos Ya – haya sido el desfile de repartidores con las coloridas mochilas cuadradas que, a cualquier hora, pasan zumbando por las calles y avenidas. Pero el impacto que las apps de delivery tienen en nuestra relación con la comida parece ir bastante más allá de un mero cambio en el paisaje urbano.

El fin de la cocina

  • La proliferación de dark kitchens o cocinas fantasma que diversifican la oferta de comida elaborada y que incluso incorporan robótica e inteligencia artificial para reducir sus costos;
  • Una mayor capacidad de distribución de la comida a través de soluciones de bajo costo -como las apps de reparto- y una mayor diversidad de opciones que cubren esa necesidad;
  • Los millennials son tres veces más propensos a pedir comida que sus padres y con el tiempo puede que el hábito de cocinar en casa se disipe.

Lo que quiero lo quiero ya

Lo identificamos como un fenómeno moderno, pero ya generaba polémicas similares hace 20 años (como mínimo). Pero es cierto que el reparto de comida viene en aumento en el último lustro gracias al uso de smartphones y apps para pedir, y esto es lo que reflejan los números disponibles en la Argentina. Según Matías Casoy, CEO de Rappi Argentina, la empresa viene creciendo entre un 15 y 20% mes a mes, es decir que cada cuatro meses el tamaño de la empresa se duplica. En cuanto a Glovo, desde la empresa indican que tuvo un crecimiento promedio de órdenes del 96% en el último año. Por su parte desde Pedidos Ya señalan que solo en Argentina la cantidad de pedidos creció más de un 110% en el último año. Esto parece confirmar que la tendencia es a todas luces un fenómeno global.

En Argentina los pedidos de productos aparte de comida elaborada -como compras de supermercado, bebidas, o insumos de farmacias, entre otras- han visto un aumento considerable gracias a las apps de reparto. En lo que va del 2019 Pedidos Ya vio un crecimiento del 515% en este tipo de pedidos, y Glovo, que hace dos meses estableció una alianza con Carrefour, vio un crecimiento del 31% en este segmento en ese período (los datos fueron provistos por estas compañías).

Reparto de comida, énfasis en «reparto»

El negocio para las apps de reparto de comida está en el transporte, no en la comida. La forma en que alteran el paisaje gastronómico tiene que ver principalmente con que el traslado es lo que se ha vuelto más barato, y es por esto que la tendencia hacia las cocinas fantasmas y la posibilidad de automatizar algunos de los procesos alimenta la posibilidad de un futuro en el que abandonemos la cocina.

Si bien es menester cuestionar este panorama indudablemente tentador, resulta igualmente atractivo, al menos por un rato, soñar con un futuro en el que la fricción de procurar nuestro propio alimento se hunda en el olvido. Lejos, imposiblemente lejos, quedarían las largas jornadas de nuestros antepasados que debían salir a cazar o arriesgarse a perecer. Alcanzaría con un botón para que todos los días, las veces que fueran necesarias, tuviéramos un plato de comida delante, incluso tal vez repartido por un obediente y sofisticado dron repartidor, cocinado por profesionales.

Cocinar más

Sin importar la industria en la que nos fijemos, quienes levantan las primeras banderas de que esa industria cambiará completamente son precisamente quienes tienen intereses en que eso suceda. Apresurarse a desterrar de nuestra experiencia de lo cotidiano el momento en el que nada más importa que nutrirnos y compartir con otros no es únicamente una precaria ilusión sino que atenta directamente contra el reclamo que lentamente comenzamos a ejercer de nuestro tiempo. Si tenemos menos tiempo se vuelve mucho más importante reconocer en qué sería bueno ocuparlo.

En la evolución de nuestra relación con la comida e, indefectiblemente, con la cocina, la tecnología tiene un rol fundamental. Es directamente falaz la afirmación de que necesitamos más reparto de comida elaborada porque tenemos menos tiempo. Lo que tenemos es una profunda distorsión de lo que deberíamos priorizar en nuestra vida cotidiana. Es decir, si tenemos menos tiempo es en cómo ocupamos ese tiempo que debemos detenernos, y no tanto en cómo podemos ponerle una curita a un problema fundamental que nos saldrá caro en el largo plazo.

Parece evidente que lo mejor que podemos hacer por nosotros mismos es procurar cocinar más y dejar de contar los minutos cuando lo hacemos

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